Más vale herir con la verdad, que destruir con la mentira. Eso decía una antigua amiga, y tenía mucha razón. Pero creo que a pesar de ser un estandarte de batalla para su vida, no lo ponía en práctica, al menos conmigo, cuando en cierto modo, mató una parte de mí.
Esa chica me tuvo cacheteando la banqueta cerca de 2 años, y por su culpa cometí muchos errores y dejé pasar oportunidad increíbles. Sin embargo, creía ciegamente en que algún día el universo me ayudaría a tenerla en mis brazos sin influencia de alcohol y lágrimas. Y cuando yo estaba cerrando heridas y borrando cicatrices, un día, todos los amigos nos juntamos para platicar y conbeber un rato, como solíamos hacerlo. Pero ella, en el camino al punto de reunión (casa de uno de los amigos), compró una flor roja, parecida a una margarita, y mencionó que sería para su sobrina. Cuando ya estábamos todos juntos, de pronto y de la nada, otra compañera, que sabía el maléfico plan, dijo: – ¿Ya lo vas a hacer? – Y el resto quedó extrañado, sin saber qué decir.
Sin más, ella se levanto del sillón y se dirigió a mí, con esa flor roja en la mano, se puso de rodillas. – Alguna vez, me preguntaste que si tú fueras Jack, me gustaría ser Sally, ahora yo te hago la misma pregunta: ¿Quieres ser mi Jack? Te amo.
No supe qué decir, ahí la tenía, frente a mí, con los ojos llenos y muy abiertos, pero lo que no logré ver, hasta después de mucho tiempo, era una sombra de temor. Pero, ¿qué importaba todo eso? Por fin escuchaba lo que tanto había soñado y esperado, lo que siguiera después ya no me importaba.
- Siempre he sido Jack…
Un abrazo, un beso y el resto de la tarde por fin yo podía estar junto a ella sin miedo a las cachetadas o desaires. Pero tenía que volver a casa para acompañar a los padres a hacer compras. Me despedí con la mayor calma posible y con mi flor roja flotando sobre el piso. Al día siguiente, nos vimos en el Zócalo y tomamos un café eterno, un poco de té de moras… y ni un solo beso de su parte, sólo 2 míos. Algo empezaba a resultarme extraño. El resto del día permaneció igual, pero creí que era el hecho de que éramos tan amigos, que así nos habíamos acoplado.
Comenzamos el noviazgo un Lunes, y no fue hasta el Sábado que con otra amiga en común y su galán, acordamos ir al Cine. Ella llegó tarde, muy tarde, pero al final ahí estuvo. Me besó de la forma más fría y por compromiso más terrible que me hayan besado en la vida, pero preferí no fijarme en ello y seguir adelante. Mientras veíamos “El código da Vinci”, la tensión y la sensación de lejanía era insoportable. Al salir de la sala, amiga y novio se fueron y yo la acompañé al metro, donde me dijo que teníamos que hablar, lo último que yo quería escuchar.
Y así, comenzó un largo y doloroso discurso, afortunadamente no recuerdo todo, pero sí las partes importantes. Había mentido. No me quería como hombre, no podía ver en mí más que un amigo que siempre estaba a su lado, pero creyó, según su perturbada razón, que podía existir algo más y no podía ser tan malo experimentarlo. Pero no. Sólo fue un error.
¿Qué se podía decir frente a todo eso? ¿Qué hacer? Tuve que tragar saliva y no hacerle caso al cómo se quemaban mis venas. Deslicé una débil sonrisa y con mi voz más tranquila posible, pude contestar: – No hay problema, luego nos vemos.
Y así, sin más palabras, abordó el metro, y yo, con el corazón cayéndose a pedazos a cada paso, me fui a casa, sin hacer gestos, sin llanto.
No sé si aprendí algo acerca de las mentiras en una relación de pareja. Quizá algunas personas mienten para evitar el sufrimiento de otras, pero no siempre les sale bien. Lo peor es que piensan que esa mentira puede ser verdad en algún momento del futuro, sin embargo, cuando se toma consciencia de que no será de ese modo, el golpe es más destructivo y las secuelas toman tiempo para superarlas. En esas situaciones (porque tristemente, no he sido el único engañado), algunos piensan que el amor es la mejor mentira y la más triste verdad.